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Marianita voz de ángel (Cuento)


Marianita es una niña muy alegre. Tiene unas trenzas muy largas, y su risa colma todo el espacio del universo. Sus ojos son de color verde como la hierba.
Le gusta cantar de noche, pues dice que las estrellas la escuchan, y que la luna se posa en su mano, haciéndola imaginar que los ángeles del cielo la oyen en silencio.

Un día de puro invierno llovió tanto que la casa de Marianita quedó inundada, y no tuvieron otro remedio ella y su familia, que subir a la azotea. Ese día Marianita no pudo cantar, pues estaba muy triste. Se puso a mirar al cielo, y de repente, vio... que las estrellas habían puesto su nombre en el firmamento y su amiga “La Luna” estaba sonriendo.
Miró con sus grandes ojos verdes, pues en el cielo habían escrito:
-¡Marianita no estés triste, cántanos con tu voz de ángel y tu sonrisa de cielo.

Marianita no podía creer lo que sus ojos estaban viendo, pero como eran sus amigas, empezó a cantar con la voz más hermosa que jamás se ha escuchado.
Inmediatamente cesó la lluvia, porque quedó impresionada por la belleza de la canción, que así decía:
-¡Cesa lluvia! Que los campos ya han bebido, los ríos se han llenado, y tú, lluvia, has inundado con tu agua, la cosecha de mis vecinos… ¡Todos los habitantes de mi pueblo! Mis padres y hermanos, y hasta yo misma, no tenemos qué comer.
¡Por favor cesa, cesa! Que no habrá que comer mañana, ni al día siguiente.

La lluvia mandó inmediatamente salir al arco iris ,y le dijo que brillara más que nunca con sus colores tan hermosos, y al sol, que secase los campos, las casas, y todo lo que había inundado la lluvia. Al instante los campos del pueblo de Marianita se llenaron de maíz, trigo, hortalizas, frutos, e infinidad de flores que resaltaron por su gran belleza.

Ya no estaba triste Marianita. El pueblo entero se acercó a su casa, agradeciendo su gran amistad y sobre todo su humanidad. Desde entonces sus amigas las estrellas y la luna brillan más que nunca, y el canto de Marianita es escuchado por todo el mundo.

Amor silencioso. (Silva asonantada)


Amor ,no te comprendo,

vienes con tu silencio a mi esperanza.

¿Mi sueño se quedó tal vez dormido

allí, donde adormecen las palabras?

Te anhelo tanto y tanto

que no quiero quedar abandonada.

Quiero gritar tu nombre,

soñando con que habitas en mi casa,

para llenarme de tu amor sagrado,

y quedarme en tu edén, enamorada.

Las flores beldad del prado. Ovillejo



De los jardines olores,
las flores,
en su manto de verdad
beldad,
cual anillo deslumbrado
del prado,
el dios Eros es amado,
por diosas en la pradera
con olor a primavera,
las flores beldad del prado.

Me cansé de esperar tu respuesta



Me recordarás en tus días fríos de besos y caricias.
Me recordarás, bella y amante.
Pero mi voz cansada de preguntarte:
-¿Me amas?
Se habrá hecho añicos, en un país sin nombre.
Llorarás mi ausencia, y buscarás alguna cosa que decirme.
Pero tus palabras… se acunarán día y noche
en la soledad de tu alcoba.
Me cansé de esperar en la arena
a que el mar rompa sus olas,
y el sol me traiga la respuesta
que tanto anhelo.
Mi música era sincera.
El concierto de nuestro mundo
fue como una danza
que bailaba al compás de tus caprichos.
Mi desesperación ha sido la caverna
de mil lágrimas, y los latidos de mi corazón
ya no tienen voz de esperanza.
Yo te he elevado por el aire, los océanos, por todo el universo.
Pero tú… no has sabido llevarme en tus brazos, amor,
y el tiempo ya ha hecho mella en este amor sin nombre.

Infiel


Me encuentro, en el ecuador de este mundo;

buscando tu encuentro en los entresijos de la noche,

pero está durmiendo entre las sábanas de otras alcobas.

Sé que besas otros labios, lo sé, cierto.

Sé que duermes en otros lechos, lo sé.

Sé que tu corazón, alberga mujeres inanimadas;

y que su máscara, no te deja ver mi rostro inmarcesible.

Aún así, escucha bien lo que te digo:

Soy fugaz aurora en el desierto de tus ojos,

y quizás no deseas beber mi agua.

No creas que te imploro que me ames,

sólo y únicamente,

maldigo la hora en que mi alma;

se enamoró de tu boca.

Envidia de la felicidad ajena





Matad mi fe de mujer enamorada.
Dejad que la nostalgia habite en mi cueva mortal y vagabunda,
y así, llenaré con mis lágrimas el pozo de esta triste ribera.

Mi alma ardía en sentimientos
y cuando alcanzó el corazón su perfecta morada,
arrancaron de mi boca su nombre de plata.

Fue un suicidio en toda regla.

Amándome como jamás me han amado,
y navegando entre flores de amanecer,
la envidia de una mujer,
forjó la idea cruel de la blasfemia. 

Con palabras maliciosas,
enjambres de avispas se adueñaron de su ser,
volcando sus miedos en ecos de coros de lagartas.
No pudo más
su corazón tan frágil
con toda la maldad de este nido de arañas.

A veces hay cosas extrañas en el amor,
que precisan explicación,
pero el mundo innegablemente
se sumerge en rebaños de máscaras
que desgraciadamente fijan sus ojos
en las conciencias puras.

Partiré lejos, muy lejos.
Lejos de este amor que me atormenta,
allí donde el mar se vuelva peregrino,
y alcance la terrible soledad del olvido.

Es imposible

Es imposible, amar al que no sabe.

Las sentencias oblicuas

hacen paredes en el techo

de la ambigüedad.

Se forma una continua sintaxis

de materia desgastada,

que se encuentra

en la savia nívea del alma,

desangrando cicatrices morales.

Amor verdadero


El verdadero amor,

hace alusión a su nombre.

Cuaja sentencias divinas,

que derivan de la ansiada mano.

No obstante, enardece aquel

que lo posee y su existencia.

Caminando por los lares

de la humanidad.

Me rescataste de la inercia


Me caigo rendida a tus pies,

y me hundo en lo profundo de tus ojos.

El río me lleva por el crepúsculo melancólico,

buscando tu mirada entre la corriente.

Despojándome de toda vestidura

reclamo unos besos en silencio,

trémulo pensar que la mente precipita.

Agotada ya, me refugio en tu cuerpo

percibiendo tus manos sedosas

por el arroyo de mis ansias.

Y al fin, me rescatas de la angustia

de la inercia prolongada.

Mujer incomprendida


Tus pasos murieron

entre las alcantarillas de la noche.

Yo fui tras tu mirada fugaz

en tenue palpitar de sirena.

Me acogí a tu templanza

y no advertí,

que en la belleza

que colma tu espalda,

habitaba la tristeza

cual lágrima helada.

 

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